Voluntades que Mueven: Historias de solidaridad con mayúscula

Ochenta y cinco voluntarios fueron postulados al reconocimiento Voluntades que Mueven, que entrega cada año la Red Voluntarios de Chile. El 14 de diciembre pasado se conoció a los 30 elegidos, entre ellos tres líderes de organizaciones pertenecientes a Acción Solidaria del Hogar de Cristo: Cecilia Torres, de la organización A Puro Corazón (San Carlos); Francisco Durán, de Contigo en la Calle (Constitución); y Elizabeth Flores, de Hijos de la Calle (Renca). Las tres tienen su foco en las personas mayores y en los que viven en la calle.

Ejemplos dignos de destacar y seguir.

CON AMOR TODO SE PUEDE

Cuando hablamos con Cecilia Torres (47), venía llegando del hospital porque había ido a buscar a Jorgito, un adulto mayor que está con cáncer a la tiroides y vive solo. Es una de las tantas personas mayores de las que se preocupa A Puro Corazón, la organización que lidera Cecilia, acompañada fielmente por sus amigas Juanita y Fresia.

La semilla de esta obra, que efectivamente funciona a puro corazón, fue otro adulto mayor. “Juanito vivía solo con tres perritos en una pieza, hacía talabartería, había estado en la cárcel y yo siempre conversaba con él. Era de carácter seco, pero yo le echaba tallas. Después fui conociendo a otros abuelitos y empezamos con unas amigas a ayudarlos con ropa, mercadería, con cositas para arreglar sus piezas”, cuenta Cecilia sobre los inicios de este grupo de apoyo hace ya 15 años.

A pesar de sus serios problemas de salud, Cecilia Torres no descansa. “Ayudar es mi terapia”, dice. En la foto junto a Manuel, a quien rescataron con éxito de la calle.

-¿Qué te motivó a ayudar a las personas mayores?

-Aquí en San Carlos se deja muy de lado a la gente mayor, no hay empatía. Lo mismo pasa con las personas en calle, a la gente les molesta, incluso muchas veces llaman a Carabineros.

La pandemia significó un punto de inflexión. El encierro, la falta de empleo y las dificultades económicas que enfrentaban muchas personas, motivó a Cecilia a organizar una olla común. Así, estas tres mosqueteras cocinaron en la casa y repartieron 87 colaciones en un galpón que les había facilitado una amiga. El segundo fin de semana cocinaron el doble de raciones, pero no fueron suficientes. Se empezó a correr la voz y fueron abarcando distintas villas. Llegaron a repartir mil colaciones.

Terminada la emergencia, se focalizaron en los adultos mayores y en las 28 personas en situación de calle –“caminantes”, como dice Cecilia– que deambulan por San Carlos. Todos los sábados las tres amigas cocinan, toman el auto y reparten 240 colaciones, a veces ayudadas por ocho voluntarios. Todo lo financian con donaciones y no sólo se preocupan de que tengan un plato de comida, también los acompañan y ayudan en todo lo que requieran.

Energía no le falta a esta contadora, a pesar de haber enfrentado un cáncer de mamas y estar recién diagnosticada con cáncer a la tiroides. “Ayudar es mi terapia, me entretengo y me olvido de la enfermedad”, dice.

Su sueño es tener una casa de acogida con comedor y baño, “un lugar digno donde las personas mayores puedan pasar sus últimos días”.

-¿Lo ves posible?

-Con amor todo se puede.

ARRIESGANDO UNA MULTA

Tal como sucedió con Cecilia, cuando hablamos con Francisco Durán (42), el presidente de la organización Contigo en la Calle de Constitución, venía saliendo del hospital. Había aprovechado la hora de colación en la florería donde trabaja para ir a ver a un hombre que vive en la calle al que habitualmente entrega alimentación y que estaba hospitalizado después de recibir una feroz golpiza. Le lleva ropa y remedios. “Parece una momia, toda la cabeza vendada, porque le pegaron en la cabeza. Casi lo matan”, dice.

Afirma que el verano pasado y nuevamente este año han aumentado los ataques a personas en situación de calle y que los atacantes suelen ser afuerinos, gente que llega por las vacaciones.

No es el único “chiquillo” que Francisco tiene en el hospital. Hay otro que está internado porque está dejando el consumo de alcohol y quiso hospitalizarse para recibir el apoyo necesario. “Me llaman al tiro del hospital cuando llega alguien que vive en la calle”, señala.

Con 42 años, Francisco Durán (al centro de jeans) está soltero. Ya va a llegar su tiempo, dice. Por ahora lo único que le preocupa son sus chiquillos de la calle. Confiesa que no duerme cuando no puede salir a la ruta.

Francisco, junto a diez voluntarios, reparte cenas tres días a la semana a cerca de 40 personas, seis de las cuales son mujeres. Es una cifra que ha ido en aumento en los últimos años: en 2016, cuando partieron, eran unas 25. Su cometido no es fácil. Además de conseguir donaciones, preocuparse de la cocina, preparar las raciones y hacer la entrega, tienen que evitar a los inspectores municipales. Esto, porque la municipalidad les tiene prohibido entregar comida, especialmente en los lugares más concurridos de la ciudad, como la plaza o la alameda. Esto los obliga a trasladarse más lejos, y repartir cerca del hospital o a la orilla del río. Incluso les han advertido que les sacarán una multa.

Pero a Francisco nada lo detiene. Gracias a la obtención de fondos del Gobierno Regional, el año pasado por primera vez contaron con un albergue para cobijar a personas en situación de calle durante el invierno. Este año postularán nuevamente, aunque Francisco sueña con tener un albergue definitivo, sacarlos de la calle, que puedan tomar cursos e incluso ellos mismos impartir talleres porque algunos trabajan muy bien la artesanía en alambre y el tallado en madera. Incluso ya tiene comprometida la donación de la madera para la construcción. Lo que falta es dónde instalarlo, pero les han dicho que no hay terrenos fiscales disponibles.

Un sueño que deberá esperar.

EL CUERPO Y EL ALMA

Elizabeth Flores (47), otra de las ganadoras de Voluntades que Mueven, lleva poco más de un año como encargada de gestión y proyectos de Hijos de la Calle, aunque su vinculación con esta organización que funciona en Renca se remonta a sus inicios en 2001. Incluso antes, cuando –al igual que su fundador Mewi Soto– hacía catequesis en una comunidad religiosa y participaba como voluntaria del Centro de Encuentro del Adulto Mayor, CEAM, que el Hogar de Cristo tenía en la comuna.

Gracias a las gestiones de Elizabeth Flores, hoy Hijos de la Calle cuenta con un terapeuta ocupacional y una asistente social que apoyan a los adultos mayores y a las personas en situación de calle. En la foto junto a Mewi Soto, fundador de la organización.

Durante los primeros años, Hijos de la Calle se enfocaba principalmente en la familia y en los niños, organizando actividades los días sábado. Pero en 2019, cuando cerró el CEAM del Hogar de Cristo para focalizarse en otros programas, decidieron abrir un comedor solidario para atender a los adultos mayores y personas en calle.

A los pocos meses llegó la pandemia y con ello un aumento de la demanda. “Llegaba mucha gente a pedir comida”, recuerda Elizabeth. Pero además del hambre, la necesidad era otra. “En la Universidad Andrés Bello levantaron información de la comunidad y lo que apareció es que la gente lo que más necesitaba era compañía, un grupo al cual adherir”, cuenta.

Ahí nació la idea de postular a proyectos para instalar un centro comunitario. Hoy tienen un comedor solidario que atiende tres veces a la semana, donde se entregan desayunos y almuerzos y además la ración para el día siguiente, especialmente a personas en calle y adultos mayores. Todo gracias a donaciones y algunos convenios con la municipalidad. Además, realizan talleres con una alta participación de mujeres que no sólo asisten, sino también colaboran en el funcionamiento del centro.

La llegada de Elizabeth, ingeniero en administración de recursos humanos, ha permitido postular a proyectos con fondos ministeriales y del Gobierno Regional. “Estamos muy contentos porque nos ganamos un proyecto en el marco del 8% del Fondo Nacional de Desarrollo Regional. Con estos fondos pudimos contratar a un terapeuta ocupacional y una asistente social, que está trabajando para vincular a los mayores y personas en calle con sus familias y les presta apoyo para que accedan a las ayudas estatales.

En este nuevo rol como voluntaria, Elizabeth tiene un solo objetivo: levantar más recursos para que la comunidad de Hijos de la Calle siga creciendo.

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